jueves 22/4/21

La nueva normalidad: La pandemia de los derechos perdidos

Apenas un año ha pasado desde el inicio de las restricciones en España por la pandemia del COVID-19. Han pasado 11 meses y el ciudadano medio no sabría decir con claridad qué actividades se pueden realizar o cuáles no.

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Más de 330 días desde el comienzo de esta situación y si no has visto las noticias del día, no se sabría qué es ilegal: estar en la calle a las 23:00 o comprar alcohol a las 18:00. Ya te lo digo yo, no puedes hacer ninguna.

Me remonto a marzo del año cero, 2020. Cuando se escribía el estado de alarma en el país, un servidor residía en Londres, viendo las noticias sobre la situación que se vivía en España, aunque las mejores fuentes eran los mensajes que me llegaban al móvil mediante allegados y familiares. La nueva normalidad comienza con la mascarilla, guantes y con gel hidroalcohólico. Parece sencillo decirlo ahora, pero entonces no lo era tanto: no existían mascarillas suficientes, tampoco guantes o geles. Poca gente tenía mascarillas y los que tenían la pagaban como si de oro estuviera hecha. Pasó a ser obligatorio el uso de la mascarilla, entendible ante una pandemia mundial, eso sí, el precio no bajaría. No por ser obligatoria iba a descender el precio. En el caso de no llevarla te ponen una multa que puede rondar desde los 100 euros hasta llegar a oscilar entre los 601 euros y los 30.000.

 

En Reino Unido aún no eran tan severos con la pandemia, no existían tantos casos como en España. Eso sí, la sociedad se preparaba abasteciéndose en los supermercados viendo lo sucedido en los países vecinos. Aquella persona que llevaba mascarilla no se le trataba diferente, pero sí que le veían como alguien “exagerado”. Salía a hacer la compra con mascarilla (con precios bastantes elevados para ser la mascarilla más sencilla que dura unas pocas horas) y guantes. No tenían restricciones, las llamaban recomendaciones. Ahora estas cosas han cambiado pero en España ya estaban poniéndose serios en cuanto a intentar frenar la pandemia.

 

Al aterrizar en territorio español, noté una gran diferencia de cuando me fui la última vez. He invertido tanto tiempo en los aeropuertos y en el transporte público que cuando pasé por estos sitios no los reconocí, nunca los había visto tan desiertos. El estado de alarma ya estaba impuesto y con ello las diferentes restricciones. Aún recuerdo llegar a mi casa, ver la televisión en mi habitación por precaución de no acercarme a mis familiares e intentar entender las fases de la desescalada. No solo no las comprendía, si no que fue objeto de debate en todos los grupos sociales, pocos entendían qué estaba permitido. En fase 0 podías salir a la calle desde las 6:00 hasta las 10:00 y desde las 20:00 hasta las 23:00 exclusivamente para hacer deporte y no más lejos que 1 kilómetro de tu hogar. Seguimos a la fase 1, donde podías reunirte más de 10 personas en un mismo grupo pero solamente en algún establecimiento como en el bar del barrio. Tanto la hostelería como los negocios pequeños empezaban a ver la luz, ya que a pesar de que no les dejaban abrir su establecimiento les seguían cobrando los impuestos. A día de hoy siguen en esa rutina, a pesar de no poder abrir para tener algún ingreso.

Continuamos en la desescalada, fase 2. No hay restricciones de horario para salir a pasear o ver a algún conocido aunque seguíamos dudando si se podía estar en la calle a ciertas horas o si estaba sujeto a una posible multa económica. Ya por fin llegamos a la fase 3, donde podemos movernos entre las diferentes provincias para ir a las segundas residencias o en todo caso, estando el verano a la vuelta de la esquina, hacer turismo nacional. No lo negaré, fue una buena iniciativa para generar ingresos y así recorrer tu país, aunque acabó generando crispación en la sociedad según las zonas que se visitaban y de donde venían esos visitantes.

 

Lo siguiente que recuerdo es la segunda ola del virus. La población pensaba que el virus estaba controlado y se comió las consecuencias de esa falsa seguridad. El coronavirus siguió creciendo y con ello, las restricciones en las diferentes regiones de España con el brillo de la ausencia de la coherencia.

 

Los colegios estaban cerrados desde marzo, las clases empezaban en pocas semanas y no estaba claro si las clases serían online, presenciales o mixtas. Empezó a verse una organización ya con unos días de actuación, en el que los profesores se amontonaban para hacerse las pruebas PCR y así poder dar clase. Municipios cerrados, provincias cerradas e incluso las comunidades autónomas cerradas para evitar el paso entre comunidades. En algunas ocasiones podías moverte por tu propia provincia, pero en muchos casos no podías ni salir de tu municipio. Las reuniones se reducían a grupos de 6 personas, los aforos no podían pasar del 50% e incluso en algunas ocasiones del 30%. Cada comunidad autónoma establecía sus normas y sus cierres perimetrales. En unas semanas pasamos de poder viajar por todo el país a tener que ver las noticias y descubrir qué provincias estaban cerradas y cuáles no.

 

Ya habían pasado meses desde el inicio de la pandemia, el gobierno central tomó una decisión para ayudar: las mascarillas bajaron su precio. Una bajada considerable del IVA para que la población pudiera comprar lo que impusieron como obligatorio. Hay que dar las gracias por ello mientras aún existían familias que no cobraban el ERTE y tenían que vivir de los ahorros que tenían, de familiares que les pudieran ayudar o de las asociaciones de vecinos que les regalaban comida al no tener ingreso alguno en el hogar.

 

Llegan las navidades, fechas de gozo para la gente y así poder reunirse con los seres queridos. Eso sí, si en tu familia erais más de 6 personas no sería fácil. Fue un despropósito para aquellas familias que son amplias y solo se ven en las ocasiones especiales. Por supuesto no hay que olvidar que estas medidas eran para combatir el virus y para conseguir reducir los contagios, las muertes y “aplanar la curva”. Se acabó ampliando la agrupación de familiares hasta 10 personas pero los allegados no podían reunirse. Se hablaba incluso de reunir a la familia en casa pero a los abuelos por ser de grupo de riesgo, se les dejaría aislados en la cocina. No olvidemos tampoco un detalle que nos persigue hasta el día de hoy: el toque de queda. El plan de nochevieja fue tomar las uvas y salir corriendo a la casa para cumplir con el horario.

 

Básicamente era una reducción de horas al aire libre. Se empezó con un horario “permisivo” hasta las 00:00. Pasadas las navidades y las fiestas en la que gastamos más de lo que consumimos, ese horario empezó a bajar drásticamente a medida que los contagios iban en aumento. Ahora mismo, el toque de queda está estipulado desde las 22:00 hasta las 06:00 horas. El cierre de los negocios comienza a las 18:00 horas. Eso sí, se sigue cobrando los impuestos a pesar de no poder abrir el negocio. Ya no para tener ganancias, si no intentar tener las mínimas pérdidas. Este horario está sujeto a las restricciones de la zona en la que vivas, ya que si es una zona confinada los negocios ni abren, solamente los necesarios como los supermercados.

 

A día de hoy, las restricciones las debemos de aprender casi a diario ya que cambian según la incidencia de casos, zonas confinadas, ciudades afectadas e incluso áreas sanitarias. En Andalucía, si has salido de trabajar después de las 18:00 horas olvídate de tomar algo en algún bar porque no verás ninguno abierto. Aunque decidas comprar en el supermercado y beber en tu casa, tampoco puedes. Después de las 18:00 se prohíbe la venta de alcohol.

 

Hemos sufrido ya tres olas del coronavirus, la presión en los hospitales sigue en alza y las restricciones del gobierno no ayudan a una mejor convivencia. Su solución es no vender alcohol, no permitir fumar, no abrir negocios y que todos estemos encerrados en casa. No quiere decir tampoco que vayan a parar de recaudar los impuestos a los negocios y autónomos o que vayan a reducir las facturas de aquellas familias que viven en condiciones de pobreza. Cada día van cambiando estas normas y nosotros como sociedad nos refugiamos en una frase que algunos tomamos como un mal chiste: bienvenidos a la nueva normalidad.

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