martes 4/8/20

Tengo un Sueño - Por José Gómez Barbadillo

Paisaje - CBNCuando menos lo esperamos, la vida nos coloca un desafío para probar nuestro coraje y voluntad de cambio; en ese momento, no tiene sentido fingir que no ha ocurrido nada o decir que aún no estamos preparados. El desafío no esperará. La vida no mira hacia atrás. Una semana es tiempo más que suficiente para decidir si aceptamos o no nuestro destino

(Paulo Coelho)

José Gómez Barbadillo.

Y de repente la vida nos obligó a parar…

Últimamente le estoy dando vueltas continuamente a este pensamiento. De pronto, en la intimidad de nuestras casas, escuchando el silencio de nuestras calles y contemplando la soledad en nuestras aceras, no puedo sino pensar en lo diferente que era la vida hace treinta días. ¡Treinta días! Parece que ha pasado un siglo, pero sólo han pasado treinta días.

Y lo cierto es que todo ha cambiado.

Parece que nada ha cambiado y que cuando acabe este momento en el que se condensan estos treinta días, todo volverá a la normalidad. Parece que nada ha cambiado, … pero todo ha cambiado. Escuchando los aplausos en las calles y esperando con expectación ese momento en que la gente de mi calle, de mi barrio, de mi ciudad,…, del mundo entero, me hace saber que está ahí; esperando el último vídeo que me hace sacar unas carcajadas, la última canción o poesía que me arranca unas lágrimas, el último mensaje de apoyo, aliento, ánimo y afecto que me hace sentir que no estoy solo; me pregunto cómo era mi vida antes de que la realidad nos obligara a parar. Y ese recuerdo, de hace sólo treinta días, empieza a difuminarse.

Todo ha cambiado porque contemplo ese tiempo lejano de treinta días atrás como una vida tan frenética que ni siquiera tenía tiempo para dedicarlo a mí y a la gente a la que quiero. Una vida frenética ocupada en hacer, hacer, hacer… sin tiempo ni preocupación por ser. Cuando todo acabe, y vuelva esa normalidad que ansiamos, y que no va a volver, tendré que preguntarme si esa vida que anhelamos recuperar era una vida plena. Mi respuesta, desde el silencio de las calles, la soledad de las aceras, y la emoción de saber que hay miles, millones de personas que sienten lo que yo y que, a través de sus aplausos, sus cantos, sus videos, sus canciones, sus poemas y sus besos y abrazos virtuales, me hacen sentir que no estoy solo, es que no quiero recuperar esa vida.

Como dijo Martin Luther King en su famoso discurso del 28 de agosto de 1963 desde las escalinatas del Monumento a Lincoln durante la Marcha en Washington por el trabajo y la libertad, yo tengo un sueño. El sueño de que este desafío que la vida nos ha colocado delante sea el punto de partida de un nuevo destino que tenemos que construir juntos. Si, tengo un sueño, el sueño de que este tiempo que estamos compartiendo desde balcones y redes sociales, sea el punto de partida de un cambio de paradigma social. Sí, tengo un sueño, el sueño de que más allá del confinamiento, la sociedad en la que vivo sea capaz de seguir sacando lo mejor de sí misma como está haciendo estos días.

Me siento orgulloso de formar parte de una sociedad que está demostrando coraje, aportando y supliendo las carencias a las que nos hemos ido enfrentando. Una sociedad en la que pequeños y grandes empresarios han puesto sus infraestructuras y recursos para proporcionar aquellos productos necesitados. Donde la acción gubernamental no llegaba, se han adquirido e importado mascarillas y respiradores. Grandes y pequeñas empresas han transformado sus procesos de producción para producir equipos de protección individual para donar a los hospitales. Grupos de amigos y conocidos a través de redes sociales han hecho campañas de donación para apoyar económicamente a los productores para que pudieran fabricar estos productos. Agricultores, ganaderos y distribuidores han mantenido las cadenas de producción alimentarias intactas y gracias a ellos estamos confinados en nuestras casas, pero no tenemos carencia de ningún producto. Podemos estar encerrados, pero no hemos tenido que cambiar nuestros hábitos de consumo ni de entretenimiento. ¡No nos falta de nada! Tenemos una policía y unas fuerzas armadas que, lejos del estereotipo con el que son identificadas frecuentemente, están demostrando sensibilidad social y se mantienen al lado de la población, contribuyendo cada tarde a levantar la moral del personal sanitario dedicando un aplauso a las puertas de los centros sanitarios. Y tenemos un “ejército” de profesionales sanitarios que está demostrando profesionalidad, servicio y cumplimiento del deber. Y mes siento agradecido a todos ellos.

Agradecidos a todos ellos, y a todas las personas. Porque cada cual, desde su posición, está contribuyendo con lo que tiene, en este desafío. Es increíble la cantidad de talentos que están emergiendo a través de las redes sociales con el objetivo de alegrar, aliviar y hacer la vida más llevadera. ¿Y qué decir de la generosidad de museos, editoriales, teatros, discográficas, organizaciones culturales en general, que están poniendo el conocimiento en manos de las familias para proporcionar formas de llenar de sentido el tiempo? ¿Y maestros y profesores haciendo trabajo a distancia con los niños que están encerrados en las casas? No tengo palabras suficientes para agradecer a cada uno su granito de arena.

Si. Esta crisis ha sacado lo mejor de las personas. Y mi sueño es que esto no sea un paréntesis sino un principio de algo nuevo. Dicen que una crisis es ese momento en el que lo nuevo no termina de nacer y lo viejo no termina de morir. Nuestra generación ha tenido la fortuna de asistir a un cambio de era. La caída del muro de Berlín en 1989 supone, por convención, el final de la era contemporánea y la entrada en una nueva era que es la era de la información. Internet ha hecho posible el cambio inaugurando un mundo que nada tiene que ver con la era industrial en la que nos movíamos desde finales del siglo XVIII. Asistimos a un nuevo paradigma y en esta era se requieren cosas diferentes. Y, sin embargo, el viejo paradigma de la producción (hacer, hacer, hacer) y el control se resiste a morir. Junto con las posibilidades de la nueva era de la información, hasta ahora convivían comportamientos propios del viejo paradigma. Y tengo un sueño, el sueño de que esta crisis suponga la liberación de todo el potencial de la nueva era y la defunción definitiva de la vieja.

Y si… las cosas ya han cambiado. Prácticas como el teletrabajo, la compra online y la telemedicina han venido para quedarse. Pero, cuando todo esto pase, no tendría sentido que siguiéramos anclados en comportamientos propios de la era industrial. La obsesión por hacer, por producir, por disponer de las 24 horas del día para trabajar, la mezcla y confusión de lo profesional/laboral y lo personal tiene que acabar. Hay que cultivar, alentar, potenciar, … dejar fluir libremente ese espíritu de crecimiento y de contribución que llevamos dentro. Ese es el desafío. Ese es el reto.

La vida nos ha obligado a parar. Y tenemos delante el reto de construir nuestro destino.  Tenemos dos opciones: volver a lo anterior como si nada, o aprovechar el enorme potencial desplegado durante esta crisis por millones y millones de personas para plantear un nuevo paradigma social. Un paradigma en el que empezamos a darle más importancia a ser, a construir puentes, a comprender antes de querer ser comprendidos, a plantear las relaciones en términos de ganar/ganar y en definitiva a cooperar de forma creativa en la construcción de un mundo mejor.

En 1963, Martin Luther King proclamó “Yo tengo el sueño de que mis cuatro hijos pequeños vivirán un día en una nación donde no serán juzgados por el color de su piel sino por el contenido de su carácter”. En aquel momento eso era sencillamente un sueño. Pero fue el comienzo de un proceso que acabó por convertirlo en una apenas unos años después.

Se lo debemos a nuestros padres, a nuestros abuelos… Una de las cosas que me conmueve el alma estos días es que se están yendo, en la soledad de un confinamiento inhumano que impide que las personas que fallecen puedan estar acompañados de su familia durante el momento final, la gente de una generación que nació entre bombas y que creció en una época de hambre y necesidad. Nuestros padres y nuestros abuelos no lo tuvieron fácil. En una época fría, gélida, oscura, trabajaron sin descanso. Lo hicieron por nosotros. Para protegernos. Para que no nos faltara de nada. Para que no tuviéramos que vivir lo que ellos habían vivido. Para legarnos un mundo mejor. Es una generación a la que se lo debemos todo. Lo que somos. Lo que tenemos. Nuestra cómoda vida que ahora se ve amenazada. Ellos nacieron en una época cruel y dejan este mundo en una tremenda soledad. Por lo que nos quisieron, por lo que hicieron por nosotros, por el ejemplo que nos dieron…, tenemos que empeñarnos en que esas épocas de dolor no vuelvan nunca más a nosotros. Se lo debemos

Como Martin Luther King, yo, hoy, tengo un sueño… Es la hora de asumir el desafío que la vida nos coloca por delante. De este momento puede surgir un mundo nuevo, mejor, más justo, más colaborativo. Si es así, entonces, la terrible pandemia que estamos viviendo y el dolor y el sufrimiento que estamos pasando, habrá tenido un sentido. Y la muerte en soledad de tantas y tantas personas, al menos quedará reivindicada.

Es la hora de empezar a que ese sueño se haga realidad.

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