domingo. 16.06.2024

La Organización Mundial de la Salud (OMS) está haciendo especial hincapié a una cuestión estas últimas semanas. Su director, Tedros Adhanom ha pedido solidaridad a los países y ha alertado contra el nacionalismo para terminar con la pandemia.

‘Nadie está a salvo si no estamos todos a salvo’, escriben en un ensayo titulado Epidemiocracia por Javier Padilla y Pedro Gullón, este lema acompaña los discursos que realizan para apelar por el altruismo como método para eliminar el nacionalismo.

“Tenemos que evitar el nacionalismo con la vacuna del COVID-19. Aunque los líderes desean proteger primero a su propio pueblo, la respuesta a esta pandemia debe ser colectiva. Esto no es caridad, hemos aprendido por las malas que la manera más rápida de terminar la pandemia y reabrir las economías es empezar por proteger a las poblaciones de mayor riesgo en todas partes, en lugar de a poblaciones enteras de sólo algunos países”, apunta Tedros en una rueda de prensa.

El director también recalcó que la lucha de los países por adquirir la vacuna conllevaría a un aumento exponencial de los precios de esta, por lo que se daría una pandemia mas prolongada. “El nacionalismo de las vacunas solo ayuda al virus”, sentenció.

La solidaridad es un principio básico de la salud pública, tal y como explica Ildefonso Hernández, catedrático de Salud Pública en la Universidad Miguel Hernández y portavoz de la Sociedad Española de Salud Pública y Administración Sanitaria (SESPAS).

“Todo lo que no sea concertado y todo lo que no sea solidario acaba siendo malo para el conjunto. En una población o en una comunidad determinada, si un montón de gente reacciona y toma las medidas que debe, pero hay una parte de la población que no cumple, no va a funcionar”, explica Hernández.

En esa línea, la solidaridad se distingue en dos niveles. Primero, la solidaridad de la población quedándose en casa y así no poner en peligro al resto, y la solidaridad comunitaria de países, ya que en una competición por ver quien adquiere la vacuna primero, muchos otros países van a salir mal parados.

Esta carrera de los países se ha convertido en una apuesta geopolítica y los gobiernos más poderosos ya han enseñado sus cartas. En total, antes de que existiera la vacuna, ya se habían encargado un total de 5.000 millones de dosis en el mundo con distintas estrategias.

En Estados Unidos se han reservado 700 millones de dosis apostando por varias candidatas, el mismo número de vacunas ha encargado la Unión Europea, pero centrándose en las de la región, Japón ha asegurado 490 millones de dosis, Argentina y México se encargarán de producir su propia vacuna de AstraZeneca para distribuir 250 millones en Latinoamérica, y Brasil ha firmado un acuerdo con el Gobierno ruso para probar y producir la vacuna Sputnik V.

Ante esta situación la Comisión Europea organizó en Bruselas una recaudación de fondos el pasado mayo para ayudar y apoyar a los países más desfavorecidos que no han podido encargar la vacuna. Se recaudó un total de 7.400 millones de euros, aunque faltaron muchos gigantes por ayudar como Rusia, India, Brasil y Estados Unidos

“Los países están negociando, algunos colectiva, pero otros individualmente, compras de vacunas que todavía están en fase 3, cuya eficacia ni siquiera está probada. Y entre esos países está España”, comenta Pedro Gullón, médico especialista en Medicina Preventiva y Salud Pública y coautor de Epidemiocracia.

El epidemiólogo continúa explicando, “Aparentemente, la distribución de la vacuna se está dejando a criterios del mercado. Puede que los países repartan esos lotes con un criterio de solidaridad o de equidad dentro de sus fronteras, pero me parece poco probable que apliquen criterios de salud global o de justicia global a la hora de distribuir la vacuna”.

Distribuir la vacuna internacionalmente operando con los criterios de mercado, sería un error, tal y como explica Javier Padilla, coautor de Epidemiocracia, “Más que centrarse en los países que puedan pagarlas, sería mejor pensar en un modelo en el cual haya un nivel de expansión de las vacunas lo más homogéneo posible. Seguramente, incluso la vacuna más efectiva, que probablemente no pase del 70% de efectividad, funcionaría mejor si estuviera más o menos repartida por el mundo que si sólo está presente en unos pocos países”, apunta.

Los autores concluyen en el ensayo que “hay que intentar que, al menos, la forma de distribuir las vacunas no reproduzca las desigualdades que ya de por sí trae el sistema de salud”.

La OMS pide a los países mayor solidaridad en el reparto de la vacuna: ‘Nadie está a...