domingo. 19.05.2024

La palabra es el medio que las personas tenemos para comunicarnos, para transmitir nuestros pensamientos y sentimientos, para expresar nuestras emociones y también, desgraciadamente, para engañar sin pudor, ofender o herir indecorosamente a nuestro prójimo. Precisamente el uso de la palabra como medio de engañar se está dando reiteradamente en la Presidencia de nuestro Gobierno. Y es que hay muchas maneras de que la democracia se debilite, una de ellas el empleo constante y permanente de la mentira, de la palabra arrogante y narcisista, la impostura programada de un discurso como continuo ejercicio de sectarismo desde las instituciones más representativas. Es, sencillamente, una forma de tiranía política el empleo reiterado de la prevaricación del idioma para falsear la evidencia. Ya lo decía Nicolás Sartorius (por cierto, político comunista, y al que no se puede calificar aquí de partidista o sectario), citado por Darío Villanueva en su magnífico libro <<Morderse la lengua. Corrección política y posverdad>>: "cuanto más se manipula el lenguaje, mayor es el deterioro de la democracia, cuya fortaleza radica en la transparencia, en la claridad y en la verdad".

Y ahí nos duele y lo sufrimos: de nuevo nuestro presidente del Gobierno intenta engañarnos. En un mes trata de convencernos yendo de aquí para allá a radios y televisiones (no a todas, que "su espíritu democrático", ese que tanto predica y se auto otorga, es bastante estrecho, dada su autarquía y cesarismo), sin parar de decir más y más mentiras, que solo se las cree él: que si ha cambiado el país para bien y que ha hecho mucho, que nuestra economía va como una moto, que va a construir más de cincuenta mil viviendas -tiempo ha tenido, desde luego-, que es un <<presidente limpio>>...¿Creen ustedes que en realidad ha actuado con la decencia y el decoro, la dignidad y la altura de miras, la ética y la honestidad, la transparencia y sensatez exigibles a todo representante político (máxime a un presidente del Gobierno) de una verdadera democracia? ¡Qué atropello al entendimiento! ¡Qué desprecio al sentido común!

Ahora pretende abiertamente justificar y prometer lo que en más de cuatro años no ha hecho faltando, además, a la exigible transparencia. Sí, cuatro años en los que se ha decantado abiertamente por el desprecio de lo ético. Lo único verdaderamente que ha dejado es un rastro cotidiano de falacias impregnadas de espíritu sectario (y que llenarían una hemeroteca), de resentimiento y ruptura social en nuestro país, utilizando el Derecho en beneficio de intereses propios y partidistas (sabido es que el PSOE, partido tan necesario para España, desgraciadamente lo ha identificado Sánchez con su persona, de manera que Sánchez=PSOE y PSOE=Sánchez, cuando no debería ser así).

Su propósito, siempre narcisista y torticero, propio de un demagogo desmelenado, de un egocéntrico recalcitrante, no ha sido otro que subvertir el orden constitucional por la vía fáctica, empleando las leyes al servicio no del bien común, sino de sus propios intereses, utilizando la mentira de la manera más descarnada y criticable: ¡Cómo pasó del insomnio a la amnesia en un solo día sin dialogar con la oposición, formando gobierno con PODEMOS! -partido que, por lo visto, "no es de extrema izquierda" y con el que ha tenido reiterados y continuos rifirrafes en el seno del Consejo de Ministros-; afirmación reiterada "¡si quiere se lo repito hasta cinco veces"!- de que nunca pactaría con BILDU (partido filo etarra que aún no ha pedido perdón por los asesinatos de la deleznable banda de la que es heredera dicho partido, muchos de cuyas muertes están pendientes de esclarecer en su autoría), tramitaciones legales abusando descaradamente de la proposición de ley -no utilizando el proyecto de ley-, y de los decretos-leyes, para evitar así informes y dictámenes necesarios -ej. "la ley del Sí es Sí", con las consecuencias consabidas, por evidentes, que ello ha conllevado-, fractura de la división de poderes, nombramiento de Fiscal General del Estado en la persona de quien fuera ministra de Justicia y utilización de la misma Fiscalía General en beneficio gubernamental, asalto a la Abogacía del Estado y deseo -logrado, por cierto- de "aterrizar" en el Tribunal Constitucional, pulso al Poder Judicial y su claro intento de control político, ineficacia manifiesta de la Administración, debilitamiento de la educación, rebaja del delito de malversación, supresión del delito de sedición, abuso indecoroso, indebido y torticero del indulto aplicado en favor de golpistas condenados por sentencia firme, no buscando otra cosa que la sustentación gubernamental; pérdida de peso específico en la política exterior -Marruecos y el Sahara, respecto de los cuales todavía no se saben -ni los quiere explicar- los motivos a qué se ha debido un cambio político tan radical, prescindiendo incluso del Congreso-; falta de inversiones estructurales, ataque a la clase empresarial -que es la que crea empleo machacándola, además, con impuestos exorbitantes-; fomento del clientelismo político, ausencia de contestaciones al Consejo de Transparencia por dudosa utilización de ciertos servicios públicos -léase el Falcon-, empleo de la Moncloa en las comparecencias con fines partidistas y no institucionales, uso fraudulento y manipulador del CIS, claro fin de aislar y no llegar a acuerdo alguno con la oposición -sí con filo etarras y separatistas, que son los que lo han mantenido en el poder-, feos a la institución monárquica, todo ello sin olvidar la nefasta gestión de la pandemia y el empleo del confinamiento -en realidad, reclusión-, dejando prácticamente inoperativo el Congreso, aprovechando tal ocasión para hacer ciertos nombramientos sectarios, unido, además, al engaño reiterado a los españoles como era el que había un comité de expertos gestionador de la pandemia cuando realmente no existía, todo ello sin dejar de lado igualmente el presunto plagio de la tesis doctoral...) En fin, el etc, etc, etc, sería sumamente agotador: sería tan prologando y extenso que necesitaríamos lo dicho: una hemeroteca.

El señor presidente trata otra vez de crear, en un mes, más <<verdades de opinión>>. Está claro: para él es más importante mantenerse en el poder aun a costa de estar instalado permanentemente en la mentira. Trata de jugar con un sentimentalismo agobiante y tóxico, falsificando obscenamente la realidad del país, incluso en su economía y aspecto laboral: ¿cuántos son los trabajadores discontinuos que encubren lo que son realmente contratos temporales? ¿Y el déficit público, que está absolutamente disparado, como nunca lo había estado en España y al que tendrán que hacer frente futuros gobiernos y generaciones? Hay una realidad evidente: el presidente del Gobierno y, por extensión, el Gobierno en general (solo se libraría alguno que otro ministro, pero que por estar ahí ya se convierte en "colaboracionista"), así como sus "vocingleros" y “correveidiles” nos han mentido y nos siguen mintiendo, porque no existe más verdad que la suya. Ahora nos dice que no es mentira, que él no ha mentido, sino que "rectifica", que lo suyo es un simple "cambio de criterio", como si fuéramos tontos: una rectificación se hace por convencimiento y no por aparentar como rectificación lo que es vanidad y mera conveniencia política. Juega con las palabras, las manipula para jugar así con afectos, con emociones, con sentimientos; utiliza, sencillamente, el lenguaje como método de engañar y mantenerse en el poder. Se vale de la mentira creída y arrogante, “saltándose a la torera” que el atrevimiento noble y valiente es no faltar a la verdad, y que el desahogo criticable, por pernicioso y malsano para la democracia, es aparentar como verdadero lo que es sencillamente falso.

Ante tal actitud y aptitud, debemos ser nosotros los ciudadanos los que empleemos la razón contrastándola con la evidencia de los hechos, con la verdad, que es siempre tozuda e implacable, por más que quiera arrinconarla y ocultarla con palabras repletas de falacia. ¿O es que acaso puede justificarse el empleo de la mentira ideológica en detrimento de la verdad? ¿Acaso hemos llegado a un punto en que cabe todo en la política española, como parece ser que está ocurriendo, de manera que terminemos viendo como normal lo que no debe serlo?

Miren ustedes: soy y me siento demócrata y los que defendemos la democracia debemos exigir la verdad y la transparencia dentro del sistema político que los españoles nos dimos en un proceso ejemplar de reconciliación, esa Transición de la que queda poco, muy poco, para ser "borrada y aniquilada" por las actuaciones premeditadas, soberbias y narcisistas de un presidente del gobierno que ha mentido sin pudor, sobre la base de un discurso adaptable y variable que ha faltado reiteradamente a la verdad, verdad que ha encubierto o relativizado por aplicación del más puro egoísmo y pragmatismo político, mediante "cantos de sirena" tendentes a que perdamos la perspectiva y el sentido común, con el único propósito de desorientarnos, de que perdamos el norte, de que no reflexionemos, de aislarnos del espíritu crítico, de que no caigamos, en suma, en la cuenta de que, cuando todo se hace relativo, cuando todo vale, el ejercicio de la libertad puede sufrir auténtico quebranto, porque bajo la apariencia de una sociedad plural se puede caminar indefectiblemente a la política del engaño, de la inconsistencia y de la vulgaridad y mediocridad más absolutas y, al final, al totalitarismo y a la autarquía. Sí: el engaño y la hojarasca de palabrería se han instalado en el discurso gubernamental como medio justificable de mantenerse en la <<poltrona>. Ante tal verdad, ¡ojo!, no debemos olvidar que no se puede confiar en quien reiteradamente miente. Volver a confiar en él sería tanto como darle "un cheque en blanco".

Y es que una de las manifestaciones políticas de la Ley de Murphy es que no importa la frecuencia con que se demuestre la falsedad en el uso de la palabra, porque siempre habrá cierta gente que crea que lo que se dice es verdad, bien por candor, bien por ignorancia, bien por necedad -el necio es soberbio, el ignorante no tiene necesariamente que serlo-, o lo que es peor, bien por puro sectarismo ideológico, en cuyo caso nos encontraremos con persona felices y dichosas de ser cómplices de la rastrera mentira, y a las que podríamos argüir aquellas palabras de la película "El Abuelo", basada en la novela del célebre Benito Pérez Galdós del mismo título: <<Quedaos con vuestro mundo donde la mentira, la infamia y la avidez campan a sus anchas>>.

Ante ello, resulta necesario que tengamos espíritu crítico, capacidad de reflexión y no nos dejemos embaucar por los referidos "cantos de sirena" de quien reiteradamente nos ha mentido y sigue mintiendo. No nos dejemos infectar por el intento gubernamental de manipular la opinión pública, porque entonces le estaríamos dando la razón a Quevedo cuando afirmaba: "pueblo imbécil, seguridad del tirano". Desenmascaremos la mentira, venga de donde venga, sea cuál sea el político que la emplee, pues una cosa es que, en circunstancias muy excepcionales a que se puede ver abocado un país, no se pueda cumplir a rajatabla con el programa electoral, y otra cosa muy distinta es abusar de la mentira a sabiendas, sin el menor bochorno, dejando a Maquiavelo a la altura de los zapatos, en un afán insano de la manipulación y el engaño como instrumentos de no abandonar el poder, intentando, con medios poco democráticos, de hacerse con las instituciones del Estado más representativas.

No nos dejemos llevar por los trileros subversivos o cursis demagogos, populistas creadores de <<realidades alternativas>> sobre la base de <<discursos retóricos>>, de <<palabras seductoras>>, <<reinscribidores de la historia>>, verdaderos maestros de la palabrería hueca y deformadores, a sabiendas, de la verdad que la propia realidad envuelve, y que intentan crear estados de opinión, porque podemos terminar sucumbiendo a la mentira embaucadora, creyendo así como verdad lo que no lo es, presos de la esclerosis social y de la pereza espiritual a la que conduce la falta del más elemental juicio crítico.

Luchemos contra el intento innoble, desleal y, desgraciadamente, palpable, de apropiarse del Estado bajo la falsa apariencia de aquellos que se auto proclaman y se auto otorgan un <<buenismo moral>> del que, en realidad, no han hecho gala, y que se tildan asimismo de "limpios"; que se hacen valer como los únicos defensores del pueblo; que dicen defender a éste frente a la <<casta>> o <<élite>>, argumentando injustificadamente que ellos son los <<verdaderos demócratas>> y los demás, no; que dicen defender la democracia como sus máximos valedores, cuando en realidad lo que pretenden, en definitiva, es transformar -mejor dicho, acabar-, con el sistema político que nos dimos en nuestra Constitución, fruto de una reconciliación y concordia entre españoles que no se merecen tan olímpico desprecio. Cierto es que la política se basa en la negociación, en el diálogo, en la búsqueda del consenso en las cuestiones fundamentales que afectan al bien común, -cosa que el presidente del Gobierno ha menospreciado tratando de arrinconar a la oposición-, y que todo ello exige cierta dosis de prudencia y habilidad, pero no por ello de menos rectitud y honestidad, ausentes durante el mandato presidencial.

En la película y novela "La ladrona de libros" hay una frase que merece ser resaltada, y que serviría, como resumen y como conclusión: << Una persona es tan buena como lo sea su palabra>>. Con eso ya está dicho todo: si la palabra es verdadera, la persona que la dice lo es también; pero si emplea reiteradamente la mentira,...

El que esto escribe no es adulador de ningún partido, ni tampoco es miembro de ninguno de ellos, pero creo que hay que denunciar a cualquiera de nuestros representantes que desprecie la verdad y que se valga de la mentira reiterada por simple utilidad y conveniencia políticas. Que cada cual extraiga sus modestas conclusiones a la hora de emitir su voto, siempre desde el recto uso de la razón, de la honradez y del sentido común.

Juan José Jurado Jurado.

Un Presidente limpio