domingo. 19.05.2024

Episodios como el de Ucrania desmontan el mito según el cual los conflictos del siglo XXI ya no se producirían disparando armas sobre el terreno y menos en suelo europeo.

Nos encontramos ante un escenario global de incertidumbre social, económica y geopolítica donde parece que las confrontaciones, la tensión y la hostilidad entre distintos países y la aparición de las nuevas epidemias, que nos cogen desprevenidos y nos dejan sin palabras, son eventos comunes en nuestra sociedad.

Las guerras fueron una experiencia crucial en las vidas de millones de europeos durante la primera mitad del siglo XX, al final de la llamada Gran Guerra, que transcurrió entre agosto de 1914 y noviembre de 1918. El mapa político europeo sufrió una transformación trascendental con la aparición de nuevos estados. De esta posguerra también surgieron el comunismo y el fascismo, las dos nuevas ideologías que se enfrentaron con brutales resultados en la Segunda Guerra Mundial.

Desde principios del siglo XXI hemos sido testigos de los diferentes conflictos bélicos entre países de los llamados Primer Mundo y Tercer Mundo, una expresión común utilizada para catalogar los territorios desde una perspectiva clasista.

Ejemplos clave de estos conflictos son la intervención en Irak y Afganistán por parte de Estados Unidos y sus aliados –entre ellos España– desde hace muchos años y de forma intermitente, la guerra ruso-georgiana (2008) y, actualmente, la invasión rusa de Ucrania –aunque en la región se viven capítulos de violencia desde el 2014– y la actual escalada de tensión entre China y Taiwán.

Parece que los gobernantes de estos países que están involucrados directa o indirectamente en estos conflictos son incapaces de reflexionar y dialogar como personas moral e intelectualmente formadas y se dejan llevar por el orgullo patriótico

Los gobernantes de estos países que están involucrados directa o indirectamente en estos conflictos son incapaces de reflexionar y dialogar como personas moral e intelectualmente formadas y se dejan llevar por el orgullo patriótico, los intereses económicos y las diferencias entre ellos, marcando músculo militar y erigiéndose en autores y cómplices de genocidios sin prever sus consecuencias jurídicas, humanitarias, sociales y de inestabilidad e incertidumbre económica en toda la comunidad internacional. Hemos olvidado que la mayoría de estos países firmaron tratados y están presentes en la Organización de Naciones Unidas (ONU).

Aun así, se han transgredido y violado los principios que inspiran a la ONU, a pesar de ser el principal organismo y eje vertebrador encargado de velar por la paz mundial. Han sido incapaces de escuchar y atender las peticiones, intervenciones y mediaciones de la ONU refugiándose y comportándose con cinismo, demagogia y hipocresía.

Con la intervención en Ucrania, Rusia se ha colocado fuera de la comunidad internacional vulnerando las normas aceptadas universalmente en el seno de la ONU y aprovechándose de la situación de predominio en su Consejo de Seguridad para evitar cualquier reacción práctica aparte de la declaración de condena política de la Asamblea. Putin argumenta que su acción militar no es diferente a la que EEUU llevó a cabo en Irak, Libia, Afganistán, Siria, Kosovo de mayoría serbia, Yemen, Somalia o Níger o incluso en Centroamérica. La diferencia fundamental es que, para la mayoría de europeos, Ucrania está en Europa, aspecto esencial que no presentan casi ninguno de los otros ejemplos citados.

Los países que formamos parte de la OTAN somos cómplices en el fomento de los genocidios actuales

También cree que se han sobrepasado tres líneas rojas. La primera, en 2014, cuando se derribó mediante un golpe de estado el gobierno de Ucrania simpatizante de Rusia; la segunda es que ese mismo año se limitó progresivamente el uso del idioma ruso y se produjo el ataque del ejército y las milicias ucranianas ante el levantamiento de las repúblicas del Donbass contra el nuevo gobierno que consideraban hostil . Y la tercera, cuando Ucrania modifica su legislación para abandonar su estatuto de estado “no-alineado y neutral” y postularse para ingresar en la OTAN.

Los tres hechos se producen en 2014 y modifican el statu quo anterior. No se discute que Ucrania, como nación soberana, pueda decidir su futuro y la forma de garantizar su seguridad y defensa. Lo que se pone en duda es el procedimiento unilateral que rompe un largo período de estabilidad de treinta años.

Debemos ser conscientes de que la imagen personalizada e idealizada que teníamos de los “países del Primer Mundo” –repito, un concepto clasista y categorizador y del occidente–, según la cual las guerras en suelo europeo o de los países miembros de la OTAN en el siglo XXI ya no se llevarían a cabo con violencia armamentística, sino mediante nuevas epidemias, ciberinteligencia y uso de la información, es irreal y falsa.

Es innegable que los países que formamos parte de la OTAN estamos siendo cómplices, directa e indirectamente, en el fomento de los conflictos bélicos y genocidios actuales.

Marc Gispert-Saüch y Fernández

Guerras en el siglo XXI