sábado. 15.06.2024

Vivimos un momento único en la historia de nuestro país que se  recordará y se estudiará en las próximas décadas… La intensidad de la política viene acaparando el foco mediático, las conversaciones, los cafés entre amigos o en familia, hasta un extremo nunca imaginable.

Esta situación llega a generar hastío, tensión, animadversión entre iguales y entre ciudadanos que podrían destinar su energía y su pensamiento a otros menesteres más provechosos.

La democracia, entendida como el gobierno del pueblo debería ser un catalizador para la organización social y el equilibrio aún dentro de las lógicas y sanas diferencias.

Posiblemente la madurez democrática se alcanza cuando todo “fluye” y se puede disentir con respeto y a la vez coincidir, promoviendo cambios razonados de posición política en cada cita electoral.

Sin embargo nunca hemos estado más alejados de ese estado/Estado. El resentimiento, ya larvado e incrustado tras una dolorosa Guerra Civil, se mantiene aún con más intensidad que en los primeros años de la democracia.

Podríamos hablar de la perviviencia de una democracia inmadura en nuestro país, porque no se es más demócrata solo por poder votar y elegir a nuestros gobernantes, estado tan primario que se presume que existe y no se debería destacar, pero no hemos crecido más en relación a esa posición inicial que recuperamos en el año 1975.

Este grave problema no es ajeno a unos o a otros, a politicos y no políticos, todos somos culpables, cada uno en su justa medida.

Este estado infantil de nuestra democracia deriva en posiciones extremas en el arco parlamentario y obviamente en la irrupción de partidos politicos que tratan de convertirse en un extremo u otro en en adalides del cambio.

Los medios de comunciación, en su gran mayoría tomando partido por una posición ideológica u otra para poder conectar con su “target” y ser fieles a su estrategia de marketing, y naturalmente poder ser rentables económicamente, contribuyen automáticamente a amplificar esta tensión social. No tienen por qué considerarse los culpables, pues se desarrollan en un ambiente tóxico.

Vivimos por tanto una degradación sin límite de la convivencia, y que llega a enfrentar a personas incluso dentro de la familia o el círculo social.

En los últimos días, el debate de la amnistía y la potencial vuelta a la unilateralidad de los independentistas, ha generado expresiones aún más radicales en las redes sociales, altavoz de la sensibilidad/sentir de los ciudadanos. Expresiones como golpe de estado, lucha, agresión están cada vez más presentes.

Como medio de buenas noticias puede resultar paradójico que tratemos estas “malas” o “pésimas” noticias, pero es identidad de nuestro medio contribuir a mejorar o plantear soluciones  a los graves problemas que aquejan a nuestra sociedad. Si podemos contribuir positivamente a una situación que genera sufrimiento o a generar conciencia social, satisfaremos una de nuestras vocaciones cono modesto medio independiente. Forma parte de nuestra responsabilidad.

En este escenario dramático de las dos Españas, de rojos y azules, la democracia debería canalizar y hacer valer el deseo de la mayoría. Si esa mayoría no se traduce en la toma de decisiones de nuestros gobernantes, el Estado, la sociedad solo puede estar gravemente enferma.

En una amplia mayoría de profesiones, hasta en un trabajo de artesanía, los detalles son lo que marcan la diferencia entre lo bien hecho y lo defectuoso.

Y este concepto debe trasladarse al funcionamiento de nuestras instituciones democráticas. De lo grueso se debe pasar al detalle. No todo vale.

Y paradójicamente esas dos Españas pudieran estar más unidas que nunca en su deseo o en su posición en lo relativo a cesiones exigidas por el independentismo, y concretadas en la amnistía y la unilateralidad

Lo complejo se puede hacer sencillo:

¿Estaba anunciado por alguno de los partidos con más opción a ganar, la posibilidad de conceder una amnistía a los independentistas que borrara las sentencias del poder judicial y el ordenamiento vigente? Claramente no, era inimaginable.  De la misma manera, supongamos que la victoria del otro contrincante exigiera por imposición de su partido más próximo una nueva centralidad de España con pérdida de la vertebración autonómica. La misma agitación generaría.

¿Aceptan hoy día los españoles mayoritariamente de un lado y de otro en su conjunto que se llegue a producir esa medida extrema para lograr la gobernabilidad frente al malestar del resto de España?

Si nadie esperaba una solución tan extrema, ¿no sería recomendable por higiene democrátíca, y más aún para cerrar la cada vez más honda herida de las dos Españas, que sea tenida en cuenta la opinión mayoritaria?

¿Gana España en un escenario en el que la división se va a hacer aún más intensa? Es evidente que no, y debe haber en la derecha y en la izquierda una gran sensibilidad para que que termine esta fractura social con la grave problemática de paro juvenil, de sostenibilidad de las pensiones, de pobreza extrema que acecha a nuestro país.

No hace falta poner nombres, apellidos, siglas de partidos politicos, nombres de instituciones para concluir que cualquier solución de gobernabilidad de un lado u otro pasa por el diálogo, por el consenso, por restaurar los puentes caídos.  Media España no puede seguir enfrentada a la otra media. La solución aparente e improvisada a corto plazo lo puede complicar todo gravemente a largo.

Se pretende “desinflamar” una pequeña fracción del Estado para correr el riesgo de “inflamar” a todo el país

Los jóvenes tendrán algo que decir porque mayoritariamente vivirán ese futuro que viene.

Posiblemente y paradójicamente, en el momento actual la amplia mayoría de ciudadanos de este país prefieran la concordia y el acuerdo. Posiblemente el gran debate que se está generando estos días, por extremas las soluciones que se plantean, no corresponde con el deseo enfrentado de dos Españas. Probablemente son unos pocos los que quieren trazar un nuevo rumbo para una gran mayoría..

Porque las extremas medidas que se anuncian solo benefician a unos pocos. A unos pocos para mantener su vida política, y a otros pocos para ver cumplido su sueño de soltar lastre con este vetusto país llamado España.

Cordura. Responsabilidad. Prudencia.

¿Una España partida en dos… o más unida que nunca?