lunes 23/5/22

El mes de mayo lo dedicamos a la Virgen, llevándole cada día las flores de nuestro cariño de hijos. Es el mes de las flores, no sólo en nuestros jardines y nuestros patios, sino las flores de nuestro corazón. Ofrecerle a ella cada día alguna flor supone querer agradarla, hacer lo que nos dice su Hijo, vivir en sintonía con su corazón.

Coincide el mes de mayo con el tiempo de Pascua, los cincuenta días que van desde la resurrección hasta la venida del Espíritu Santo en Pentecostés, en que vivimos la nueva vida del Resucitado, que a través de su Palabra y los sacramentos llega hasta nosotros. Particularmente, la Eucaristía por la que Jesús continúa vivo a nuestro lado y nos alimenta con el pan de vida. “El que coma de este pan vivirá para siempre, y el pan que yo le daré es mi carne para la vida del mundo”. María nos da en cada eucaristía la carne de Cristo, la que ella le dio a Jesús en su vientre virginal.

María nos prepara a la venida del Espíritu Santo, orando en oración con los apóstoles. Que venga este mismo Espíritu Santo y nos congregue en la unidad, en su Iglesia, a nivel de toda la humanidad, de manera que sea el Espíritu el que nos mueva, no nuestros intereses y gustos. Que nos convierta en ofrenda permanente, para que nuestra vida sea dada con Cristo para la vida del mundo.

En este mes, el 13 de mayo, recordamos la cercanía de María en sus apariciones de Fátima. Cuánto puso en movimiento aquel acontecimiento. Realmente ha sido un acontecimiento que ha movido la historia de nuestro tiempo. María se dirige a unos niños inocentes y ajenos a la marcha de la historia, en un lugar recóndito de la geografía mundial y les pide incorporarse al plan redentor de su Hijo con la oración y la penitencia, por los pecadores. Así de sencillo. La enorme catástrofe de la humanidad es el pecado de cada uno, que unido al de los demás se eleva a enésima potencia, además del pecado original que está en la base.

¿Quién podrá revertir ese “desorden internacional” del pecado, tan viejo como la misma humanidad? – El amor vivido en el corazón inmaculado de María, en sintonía perfecta con el corazón de Cristo, que nos invita a vivirlo con ella y como ella. El pecado no es la última palabra. La redención de Cristo, ofrecido por amor en la Cruz y resucitado para nuestra salvación, es el “nuevo orden internacional”, el que será capaz de cambiar los corazones y situarlos en la órbita del amor generoso y oblativo, el que generará la paz que tanto necesitamos.  Así lo pidió María a aquellos tres niños de Fátima, Lucía, Jacinta y Francisco, y a través de ellos, a toda la humanidad: oración y penitencia. Recordar el mensaje de Fátima es volver a entrar en el misterio profundo de la solidaridad cristiana, que restaura con amor el destrozo del pecado. Cada uno de nosotros puede conectar con ese movimiento profundo de amor y de solidaridad universal, como los niños de Fátima.

Y en este día, 13 de mayo, son llamados al sacerdocio ministerial un buen grupo de jóvenes de nuestra diócesis, que vienen formándose en nuestros Seminarios para ser sacerdotes dentro de poco. Dos de ellos son admitidos a las Sagradas Órdenes, once son instituidos Lectores, seis son instituidos acólitos. Son pasos muy importantes en la vida de cada uno de estos jóvenes, y son pasos muy importantes en la vida de nuestros Seminarios y de nuestra diócesis. Los acompañamos con nuestra oración, quizá con nuestra presencia física y con un abrazo amistoso. Ser llamado por Dios al sacerdocio ministerial es algo que a todos nos afecta, porque todos seremos beneficiarios. Ánimo, queridos jóvenes, nuestro mundo necesita más que nunca de vuestra entrega. En el horizonte de vuestra vida se abre un panorama precioso de amor al estilo de Cristo, que da la vida para que otros tengan vida, vida eterna.

Recibid mi afecto y mi bendición:

+ Demetrio Fernández, obispo de Córdoba

Mons. Demetrio Fernández: "Mes de María, 13 de mayo, Ministerios"
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